Rocky / Rocky II / Rocky III / Rocky IV / Rocky V / Rocky Balboa

 

En la serie: Rocky
Tipo: Pack
Género: Realismo

Hay autores de una sola obra. A veces, como en el caso de Margareth Mitchell y su descomunal Lo que el viento se llevó, porque ya han dicho cuanto querían o podían con ella. En otras ocasiones porque las capacidades del autor se agotan en un único ramalazo. Y, finalmente, en otras, porque como dice el viejo refrán «sonó la flauta por casualidad», los duendes le tocaron en el hombro y aquel día todo salió como la seda, pero el cúmulo de circunstancias afortunadas no volvió a repetirse jamas. En ese caso podríamos incluir a Susett y O’Bannon, quienes nunca volvieron a estar a la altura de su guión para Alien.

A primera vista parecería que Sylvester Stallone podría adscribirse a la segunda o la tercera de las opciones. Sin embargo, si echamos un vistazo a algunos de sus guiones posteriores a la primera cinta sobre el boxeador de Filadelfia y anteriores a su desenfrenado abrazo a un cine más palomitero, vemos que, si bien la mayoría fueron fracasos de taquilla, contaban con unos guiones más que meritorios y narrativamente válidos. Y pienso ahora, por ejemplo, en Paradise Alley (aquí estrenada como La cocina del infierno), película que pasó sin pena ni gloria por las pantallas y que sin embargo resultaba un producto digno y bien facturado. Más bien parece que, ganado por el desánimo, optó por la vía más fácil y segura y renunció a seguir intentándolo.

Así, estos fracasos hicieron que Stallone retomara en cinco películas más las andanzas de su limitado pero noblote púgil y le llevaron a encontrar un nuevo filón en la figura del ex combatiente de Vietnam John Rambo.

Ambas figuras cobraron rápidamente categoría de icono popular y se asentaron con fuerza en la imaginación del público de finales del siglo XX. Sin embargo, nada de lo que hizo con posterioridad al primer Rocky pudo compararse con este... excepto quizá  la última entrega de la serie, esa Rocky Balboa que la cierra con una dignidad sorprendente y en cierto modo vuelve maravillosamente a los orígenes.

Rocky cuenta con el que es, posiblemente, uno de los guiones mejor construídos (en ritmo, en estructuroa, en dosificación de la trama) de toda la historia del cine. La historia que narra, el relato de superación personal que arropa la peripecia pugilística, no podría ser más clásica. Como clásica es tambjén la estructura en tres actos en que se vertebra, incluso artistotélica, por ponernos un poquitín pedantes: planteamiento (donde se nos presentan los principales personajes y sus circunstancias vitales), nudo (en el que asistimos a la preparación física y mental del combate, y vemos como evolucionan las relaciones del protagonista con quienes lo rodean) y desenlace (con el combate y sus resultados).

Los personajes podrían ser considerados tópicos, ya que buena parte de sus características están basadas en diversos clichés de la ficción popular, como el perdedor al que se le da una oportunidad, el gangster de corazón de oro, el borrachín envidioso, el viejo entrenador que traspasa sus antiguos y nunca realizados sueños de gloria a su pupilo, el campeón arrogante e incapaz de considerar siquiera la posibilidad de la derrota, la mujercita tímida y aparentemente sosa cuyo corazón solo es capaz de desentrañar el torpe pero bienintencionado protagonista.

A primera vista, por tanto, una historia del montón.

Lo que lo convierte en un guión excepcional es el modo magistral en que todos y cada uno de esos ingredientes se enlazan para construir una trama arquetípica que resuena con contundencia en nuestro inconsciente, para contar una vez más y extraordinariamente bien el cuento del perdedor que descubrirá que no lo es allí donde de verdad importa, para narrar con soltura, buen ritmo y sobriedad eso tan querido por los americanos que es la historia del hombre que, con su sola fuerza de voluntad, hace frente a cuanto le rodea y termina obteniendo el triunfo personal (más importante que el público o el profesional). Si a eso unimos un ritmo casi perfecto y una adecuadísima dosificación de los sucesivos clímax narrativos es fácil comprender por qué considero el guión del primer Rocky como uno de los mejores de la historia del cine.

El mejor guión puede desembocar en una película fallida si el resto de los elementos no lo acompañan. Por suerte para Stallone, el director elegido para llevar las riendas de la película fue un artesano eficaz como John G. Avildsen, y el reparto del filme (incluido el propio Stallone) no podía ser más adecuado para el papel que cada uno interpreta.

Con todo ello obtenemos una película que puede calificarse sin el menor rubor de clásico, por mucho que la mala imagen de Stallone entre la crítica cinematográfica «seria» (al menos entre la europea) haya devaluado en bloque toda su obra.

Tenemos también uno de los grandes finales de la historia del cine. El gran acierto del guión de Stallone es que su personaje no gane el combate pero siga en pie cuando este ha acabado y hacer ver al espectador que el verdadero triunfo es ese y no el resultado dictaminado por los árbitros. Algo que repite de en la última película de la serie, Rocky Balboa. Es interesante comparar ambos finales para ver lo mucho y lo bien que Stallone sabe narrar visualmente y cómo se ha ido convirtiendo con el paso del tiempo en un director cada vez más sólido y de gran eficacia narrativa.

Ese triunfo interior esá magistralmente narrado en el intercambio verbal entre Apolo Creed y Rocky Balboa justo al término de la pelea, ese «No habrá revancha, no habrá revancha» del campeón y el «No la necesito» con el que responde el aspirante derrotado pero triunfante.

De los extras que se incluyeen en la Edición especial 25 aniversario que salió hace unos años en DVD, los más interesantes son sin duda los ensayos del combate y la entrevista con Sylvester Stallone.

En el primer caso asistimos (sin sonido, y rodados en 8 mm.) a los ensayos a que se sometieron Carl Weathers y Stallone para el combate con el que culmina la película. Son comentados por el director, John G. Avildsen, quien entre otras cosas nos narra el escaso tiempo que tenían antes de iniciar el rodaje y explica que, tras los ensayos preliminares en los que la cosa no funcionaba y parecía que en pantalla el combate iba a ser un desastre, Stallone apareció un día con la pelea total y perfectamente coreografiado después de una noche sin haber pegado ojo.

La entrevista con el actor es interesante sobre todo cuando narra su empecinamiento en protagonizar la película. Por aquel entonces Sylvester Stallone era un actor poco conocido cuyo papel más sonado había sido, posiblemente, su intervención como secundario en La carrera de la muerte del año 2000, producto de la factoría Corman protagonizado por un David Carradine post Kung-fu que ya empezaba a dar muestras del descenso interminable a lo chabacano que sería su carrera a partir de entonces (aunque Tarantino lo rescatase en el último minuto para su Kill Bill). Empeñarse en que, para que le comprasen el guión, debían aceptarlo como protagonista parecía más locura que otra cosa, y el propio Stallone lo reconoce en la entrevista. Sabía que se estaba arriesgando a quedarse sin nada (en un momento, además, en que su economía había tocado fondo y se había visto obligado a vender su perro para pagar el alquiler), pero no podía hacer otra cosa. Porque era consciente de que si la película se hacía sin él y funcionaba pasaría el resto de su vida lamentando no haber estado en ella. Al final ganó su empecinamiento, y el tiempo ha venido a darle la razón.

Permitidme con una confesión personal. No suelo ser de lágrima fácil, y menos en los momentos en que se espera que uno llore viendo una película: no me conmovió la muerte de ET y el fallecimiento de Chanquete que hizo llorar a tantos niños de mi generación me dejó frío, por no mencionar que Love Story me causó más nauseas que otra cosa. Sin embargo, cada vez que veo Rocky y llego al momento en que la prensa lo asedia a preguntas tras el combate y él solo puede pensar en su novia, ese momento en que Balboa le grita al periodista «Déjeme en paz«, para luego aullar «¡Adrian!» noto algo extraño en la garganta y mis ojos se humedecen.